El lado oscuro de la perfección: cuando la autoexigencia se vuelve tóxica

El lado oscuro de la perfección: cuando la autoexigencia se vuelve tóxica

 

¿Te imaginas que un fallo de cuatro centésimas de milímetro eche por tierra una inversión de 2.800 millones de dólares? No quiero ni pensar en las caras del personal de la NASA y de la ESA cuando se recibieron las primeras imágenes del telescopio espacial Hubble completamente desenfocadas en 1990. El fallo, mínimo; el resultado, un fracaso millonario.

La obsesión por la precisión y meticulosidad tiene sentido cuando la exactitud es imprescindible; ahora bien, ¿qué sucede cuando la búsqueda de la perfección se convierte en una obsesión irracional? ¿Puede resultar tóxico el miedo al error o al fracaso? ¿Qué consecuencias tiene para la organización un exceso de autoexigencia?

Antes de abordar el síndrome de la autoexigencia excesiva y otros daños derivados del perfeccionismo obsesivo, voy a tratar su extremo opuesto, el efecto Dunning-Kruger, porque ambos comparten la misma causa: un sesgo en nuestra metacognición; es decir, un error al valorar nuestros conocimientos.

En el año 2000, la revista Annals of Improbable Research otorgó el premio Ig Nobel de Psicología a David Dunning, y Justin Kruger por su investigación «Incapaces e inconscientes: cómo las dificultades para reconocer la propia incompetencia conducen a autoevaluaciones infladas». Este ocurrente estudio otorgaba evidencia científica al aforismo «la ignorancia es atrevida».

El riesgo de la ignorancia inconsciente

Dunning y Kruger describieron un fallo en la metacognición del que pecamos todas las personas en numerosas ocasiones de nuestra vida. En general, cuando tenemos conocimientos limitados en un área, tendemos a sobrestimar nuestra capacidad y nos lanzamos a opinar o a actuar, a pesar de nuestras lagunas. Este sesgo puede afectar a los procesos de selección o de movilidad interna, no porque alguien engorde un poco su currículo, sino porque la persona verdaderamente se siente capaz. ¿Puede con el proyecto o sabe tan poco que no es consciente de sus limitaciones? Y es un peligro para las inversiones: ¿esta startup tiene realmente el producto definitivo para recuperar el cabello o solo cree que lo tiene?

Si representamos este efecto en un gráfico de coordenadas con el nivel de conocimiento en el eje de abscisas y el nivel de confianza en el de ordenadas, el sesgo se situaría en el cuadrante superior izquierdo (bajo conocimiento y alta confianza). En el extremo opuesto tendríamos a aquellas personas altamente preparadas que carecen de seguridad: el popular y dañino «síndrome del impostor».

Un agente corrosivo del alto rendimiento

Creer que no se sabe lo suficiente, es una sensación propia de cualquier persona experta. Cuanto más profundizamos sobre un tema, más conscientes somos de la posibilidad de seguir investigando. El problema surge cuando esa percepción de no saber lo suficiente se traduce en inseguridad y afecta negativamente el rendimiento y el bienestar. El síndrome de la impostora fue descubierto por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978. Ellas describieron este fenómeno en su artículo “El fenómeno de la impostora en mujeres de alto rendimiento: Dinámicas e intervención terapéutica». Las personas con síndrome del impostor viven con el temor persistente de que se descubra su fraude, con independencia de sus éxitos o de sus habilidades reales. Este otro sesgo en la metacognición se traduce en una autoexigencia desmesurada y deriva en ansiedad, estrés o agotamiento.

La preocupación significativa radica en que síndrome del impostor afecta a las personas con más alto nivel de desempeño. Las mejores, son las más susceptibles de sufrirlo, convirtiendo la búsqueda de la perfección en un invisible, pertinaz y corrosivo daño al talento. Las personas perfeccionistas establecen estándares extremadamente altos para sí mismas y para su entorno. Aferradas a su atiquifobia o miedo al fracaso, perciben cualquier desviación de sus estándares como un grave problema y desprecian cualquier éxito considerándolo insuficiente (logrofobia). Este tipo de mentalidad puede ser demoledor tanto para la propia persona como para la organización.

La imperfección en la cultura

En un entorno de trabajo, el exceso de autoexigencia conlleva una cultura de miedo al error, de evitación del riesgo y de estancamiento. Las personas eluden cambiar o innovar por temor a no cumplir con las expectativas. La ansiedad y el enfado son las emociones más corrientes y la crítica se convierte en tabú, porque se interpreta como un ataque personal. Los ambientes se convierten en tóxicos cuando lideran formal o informalmente personas obsesionadas por la perfección.

Cuando el Hubble emitió sus borrosas primeras imágenes, tras resolver los primeros errores, vibraciones en la estructura y pérdida de memoria de las computadoras de a bordo, fue crucial entender el más grave y más complejo: el fallo del espejo principal. Un inicialmente defectuoso telescopio ha contribuido a fijar la edad del universo, ha capturado imágenes de varias galaxias antiguas y ha sido relevante en el descubrimiento de la energía oscura, pero, sobre todo, ha sido el predecesor de otros observatorios espaciales.

Aceptar la imperfección como parte de nuestra esencia supone madurar. Como organizaciones, está en nuestras manos establecer alertas para detectar y limitar una autoexigencia obsesiva que frene la innovación y promover sistemas de retroalimentación constructiva. Cuando una persona nunca se equivoca, o miente o está estancada. Si queremos evolucionar, debemos fomentar una cultura donde tanto el error como el logro se perciban como oportunidades de aprendizaje. Los proyectos no tienen que salir bien a la primera para ser exitosos. Establecerse metas menos exigentes es atreverse a más. Y cuando algo sale bien, también podemos aprovechar para celebrarlo y cerebrarlo, o sea, para capitalizar comportamientos que nos hayan resultado útiles. La búsqueda de la excelencia debe ser una actitud, no una obsesión.

Belén Varela, especialista en Organizaciones optimistas y Jobcrafting». Talent Advisor en Visual MS. Expresidenta AEDIPE Galicia y pionera del Movimiento FET (Felicidad en el trabajo). Autora de “El cielo de los imperfectos”.

 

Publicado en el número 53 de la revista Dirigir Personas.

 

 

 

 

 

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