Activar culturas sostenibles: más allá de la estrategia, un cambio de mentalidad

Activar culturas sostenibles: más allá de la estrategia, un cambio de mentalidad

 

En los últimos años, la sostenibilidad ha dejado de ser algo aislado en los informes corporativos para convertirse en un eje central del debate empresarial. Las compañías ya no solo deben demostrar rentabilidad, también se les exige coherencia entre lo que hacen, lo que dicen y el impacto que generan. Sin embargo, integrar la sostenibilidad en el corazón de la organización no es tan sencillo como redactar un propósito ambicioso o adherirse a un estándar internacional. El verdadero reto es cultural y está en las personas.

Cuando hablamos de cultura sostenible no nos referimos a una colección de iniciativas verdes ni a campañas de voluntariado puntuales. Una cultura sostenible implica que la sostenibilidad impregne las decisiones estratégicas, los estilos de liderazgo y la experiencia cotidiana de las personas en su trabajo. Es una forma de entender la empresa como un ecosistema donde el bienestar humano, el respeto por el entorno y la rentabilidad no compiten, sino que se refuerzan mutuamente.

El problema es que la mayoría de las organizaciones aún se mueven entre dos extremos: la sostenibilidad como discurso aspiracional, que genera contenido, pero poca transformación real, o la sostenibilidad como obligación normativa, reducida a casillas por marcar en los reportes ESG.

El propósito como brújula

Un primer paso hacia una cultura sostenible pasa por replantear el propósito corporativo. ¿Por qué existe la organización más allá de generar beneficios? Las respuestas no siempre son fáciles, pero abrir estos diálogos permite alinear mejor los valores y dar coherencia a las decisiones estratégicas.

Hemos visto ejemplos de compañías que, al redefinir su propósito, lograron implicar a sus equipos en torno a causas concretas: desde el acceso a la salud o la movilidad responsable hasta la circularidad de materiales. El propósito, cuando se construye de manera participativa, deja de ser una frase enmarcada en la pared y se convierte en una brújula para la acción.

A ese propósito se suman las competencias que el futuro del trabajo demanda. La sostenibilidad ya no es exclusiva de áreas como medio ambiente o responsabilidad social; se espera que cualquier profesional entienda cómo su rol impacta en la sostenibilidad de la empresa. Esto exige programas de reskilling y upskilling que traduzcan el concepto en habilidades prácticas: desde evaluar riesgos hasta diseñar modelos circulares o comunicar de forma responsable. No se trata de formar a expertos en todo, sino de lograr que cada persona pueda conectar la sostenibilidad con sus actividades y con su rol.

El liderazgo juega un papel decisivo en este camino. Ninguna transformación cultural avanza sin referentes que den ejemplo. La coherencia entre lo que se predica y lo que se practica es más visible que nunca. Liderar de manera sostenible significa fomentar la confianza, legitimar el descanso, escuchar activamente a los equipos y tomar decisiones pensando en el impacto a largo plazo. Los líderes sostenibles no solo gestionan resultados: modelan comportamientos y son el espíritu de una cultura corporativa.

Comunicar para transformar

La comunicación en sostenibilidad no debería limitarse a traducir cifras en informes impecables, sino a generar conversaciones que transformen comportamientos. Un dato sobre reducción de emisiones puede ser valioso, pero si no despierta preguntas ni inspira cambios en la forma de trabajar, se queda corto. Entendida como práctica cultural, la comunicación tiene un poder transformador: educa, refuerza comportamientos y multiplica el impacto. El reto no es solo “qué contamos”, sino qué efecto produce lo que contamos.

Aquí se abre una tensión interesante: hablar demasiado puede saturar y convertir la sostenibilidad en ruido de fondo, mientras que callar por miedo a ser cuestionados lleva al greenhushing. La clave está en encontrar un equilibrio: comunicar con honestidad, visibilizar los avances sin ocultar los retos, y saber cuándo es mejor escuchar que hablar. Cuando la comunicación se vive como un diálogo, ocurre algo distinto: se construye confianza y se activa la participación real de empleados, clientes y aliados. Esa confianza es la que permite que la sostenibilidad deje de ser un relato corporativo y se convierta en una experiencia compartida.

Los beneficios de trabajar en lo profundo, en el ADN, de una cultura de sostenibilidad, se amplifican cuando la comunicación es clara, cercana y transformadora. Además, equipos que comprenden el sentido de lo que hacen y reciben información constante sobre su impacto trabajan con mayor motivación y compromiso, lo que mejora la productividad y la calidad de los resultados. Comunicar y trabajar una cultura en sostenibilidad de manera auténtica no es un lujo ni una tendencia pasajera: es clave para consolidar una cultura resiliente y preparada para los retos del presente y del futuro.

La sostenibilidad no se decreta en un decálogo, o en un propósito bien hecho, se vive en la manera en que trabajamos, lideramos y nos relacionamos. La pregunta para cada organización es clara: ¿queremos limitarnos a cumplir con lo que marcan las normativas, o aspiramos a crear un entorno donde las personas, la sociedad y el planeta prosperen juntos? La diferencia no está en las palabras, sino en la cultura que activamos día a día.

 

Autora: Marcela Ospina López, VP Culture&Sustainability en Both. A Newlink Company

 

 

Publicat a la revista Dirigir Personas número 57.

 

 

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